Demian y el lector.

Lo siento por la tardanza, lector. Se me hizo necesario un silencio. ¿A qué se debió? No logro vislumbrar las raíces, pero creo que tiene mucho que ver con mi más reciente concluida lectura, justamente de la que por fin me atreveré a hablar. Ya es tiempo.

Demian es el nombre que lleva por título. Hermann Hesse es el autor y Emil Sinclair es el protagonista. Hesse y Sinclair no son más que el protagonista convergiendo perfectamente con el autor, es decir, autor y protagonista son el mismo.

Se sugiere pues desde el título (que estrictamente hablando es Demian: Historia de la juventud de Emil Sinclair) una especie de dualidad  o contraposición, donde fácilmente se pudiera creer que Sinclair y Demian personifican el eterno conflicto entre el bien y el mal. Pero no me gustaría que la lectura de tan rica historia se tome a la ligera, es por eso lector que me tomo una vez más el atrevimiento de exponer mi punto de vista respecto a la lectura.

Rastreo de entre todas las posibles dualidades una única certera, y es aquella que nuestro protagonista debe inevitablemente admitir cuando toma conciencia de las múltiples realidades en apariencia opuestas, cuya contradicción es definida por el criterio humano y es concebida exclusivamente por este bajo los dos términos universales, el “bueno” o “malo”. Al respecto, nuestro en ocasiones mal llamado antagonista, menciona:

(…) Por lo tanto, cada uno de nosotros ha de encontrar por sí mismo lo «permitido» y lo «prohibido» con respecto a su propia persona – lo que le está prohibido (…)

Es en este punto donde se me vuelve inevitable desmentir que lo oscuro en Demian no es la inminente corrupción y degradación humana que se nos sugiere en ciertos pasajes de la historia. No. Aquello que conceptualizamos como “oscuro” o “malo” no es más que la forma de justificar el constante miedo que tenemos frente a lo desconocido, frente a aquello a lo que nunca nos hemos enfrentado, a la novedad. Pero si no es el despertar al mal o la corrupción de su alma lo que representa Max Demian en la vida del protagonista, ¿qué más podría  ser? Demian no es aquel que corrompe sino aquel que nos invita a conocer la corrupción; es quien nos despierta y nos hace ver más allá de nuestro mundo en apariencia blanco, explorando así las mil y un cavernas del mundo real. 

¿Pero qué es el mundo real después de todo? Hesse con su enigmática historia nos propone que este se conoce solo en la medida en que nos enfrentamos a nosotros mismos para comenzar a conocernos. El autor quizás lo sugiera cuando menciona en su introducción: «He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en la estrellas ni en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí.» Sólo en la medida en que aprendemos a escucharnos a nosotros mismos es que logramos aprehender nuestra realidad, ¿cuál es concretamente su relación?, uno de los personajes menciona al respecto:

Suponemos siempre demasiado estrechos los límites de nuestra personalidad. Adscribimos tan sólo a nuestra persona aquello que distinguimos como individual y divergente. Pero cada uno de nosotros es en el ser total del mundo, y del mismo modo que nuestro cuerpo integra toda la trayectoria de la evolución, hasta el pez e incluso más atrás aún, llevamos también en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas de los hombres.

Y a pesar de ser el único camino inequívoco, es el más difícil de tomar. Sinclair lo comprendió y a pesar de ello logró enrumbarse en él, acobijado hasta el final por su padre, mentor y sobretodo su protector, Max Demian.

Hoy sé ya muy bien que nada en el mundo repugna tanto al hombre como seguir el camino que ha de conducirle hacia sí mismo.

-Emil Sinclair.

Imagen: Ilustración de Abraxas, dios del Bien y el Mal.
Tomada de: http://joncarling.tumblr.com/post/73456279120/abraxas

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